Restricciones para sostener el crecimiento: Lecciones y desafíos para las políticas públicas

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(Publicado en “La aventura uruguaya“. Rodrigo Arocena & Gerardo Caetano (editores). Editorial Sudamericana Uruguaya. Montevideo, 2011.)

El declive es probablemente el rasgo más sobresaliente de la historia económica de Uruguay del siglo XX. A pesar de lo que se ha sostenido durante mucho tiempo, el declive no está asociado a un prolongado estancamiento de la economía, sino más bien a un crecimiento sorprendentemente bajo. En efecto, entre 1913 y 2010 el producto interno bruto (PIB) creció, en promedio, a una tasa anual de 2,2 %. Es decir, Uruguay tardó casi un siglo en multiplicar por 10 su producción anual. En igual período, otros países como Holanda, Nueva Zelanda o Chile la multiplicaron, respectivamente, por 18, 14 y 23. Como consecuencia de ello, los habitantes de Uruguay de la primera década del siglo XXI somos más pobres respecto a los holandeses, neozelandeses y chilenos de lo que lo eran nuestros abuelos o bisabuelos. En otras palabras: nos quedamos atrás.

En un continente en el que la desigualdad y la exclusión social son comparativamente muy elevadas, Uruguay se destaca por exhibir indicadores mejores que el promedio. Así, la tasa de mortalidad infantil, la esperanza de vida al nacer, la tasa de analfabetismo, los datos de pobreza e incluso la distribución del ingreso muestran en Uruguay mejores niveles que los del resto de los países de la región, con la excepción de Chile. Es decir, a pesar de que es posible argumentar que la justicia y la inclusión social son insuficientes todavía en Uruguay, el rasgo negativo distintivo del país ha sido su escasa capacidad de generar riqueza. Es que en ausencia de una aceleración de la tasa de crecimiento, los recursos para sostener y ampliar las condiciones de bienestar de la población serán progresivamente insuficientes.

¿Qué explica el bajo crecimiento de Uruguay? En los últimos diez años se han publicado numerosos trabajos que pretenden arrojar luz sobre este asunto. Si bien no existe consenso al respecto, hay dos hechos estilizados sobre los cuales se ha reunido abundante evidencia. Primero, si bien la acumulación de capital físico y humano tuvo lugar en la segunda mitad del siglo XX, la intensidad, velocidad y duración con la que ocurrió fue insuficiente para haber sostenido tasas de crecimiento razonables por períodos prolongados. Segundo, y más importante todavía, la productividad de los factores de producción creció a tasas muy pobres, de modo que su contribución al crecimiento fue prácticamente nula.

Acceda al ensayo completo en el siguiente enlace:

Restricciones para sostener el crecimiento: Lecciones y desafíos para las políticas públicas

 

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