Restricciones para enfrentar la crisis internacional

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(Publicado en diario El Observador en edición de setiembre 2008.)

Los acontecimientos recientes en los mercados financieros anticipan el cambio de escenario internacional que se esperaba Uruguay enfrentaría en algún momento de 2009. A pesar que el precio de los commodities, los flujos de capitales y la cotización del dólar se muestran muy volátiles, el contexto internacional futuro parece consolidar un precio menor de algunos productos de exportación de Uruguay (también del petróleo), mayores restricciones de financiamiento para los países emergentes y un mayor valor del dólar.

El nuevo escenario se instala cuando la economía uruguaya viene de registrar tasas de crecimiento inusualmente elevadas gracias a una demanda externa y doméstica que se mostraron extraordinariamente dinámicas. En este contexto, dos preguntas parecen claves. Primera, ¿debe la política económica actuar rápidamente para que la transición hacia el nuevo escenario sea suave? Segunda (y si la primera respuesta es afirmativa); ¿qué es posible hacer desde la política y cuándo debería hacerse?

Para responder las dos preguntas se requiere establecer cuál es el principal desafío que enfrenta la política económica a corto plazo en Uruguay. Lograr que la inflación se aleje lo menos posible de las metas definidas por las autoridades debería ser prioridad. Ello deriva de que una tasa de inflación anual superior al 10% al finalizar 2008 dispararía mecanismos de ajuste de ingresos que aumentarían la tasa de inflación de mediano plazo e impactarían negativamente sobre las cuentas públicas. Todo ello no haría otra cosa que fragilizar en extremo la estabilidad macroeconómica alcanzada.

El escenario externo previsto debería ayudar a colocar a la economía en una senda de crecimiento más sostenible y con menores presiones sobre el componente firme de la inflación. Sin embargo, el tiempo requerido por un ajuste más o menos automático es posible que no evite que la tasa de inflación se ubique cerca del temido nivel de 10% anual sobre fin de año. En efecto, si bien el nuevo escenario de precios internacionales presionará menos sobre los precios domésticos en comparación con lo ocurrido en los últimos dos años, la consolidación de la apreciación reciente del dólar respecto al peso impulsará los precios internos al alza. Aún asumiendo una caída adicional de los precios de los commodities relevantes para el Índice de Precios al Consumo (IPC), un precio del dólar por encima de 20 pesos ubicaría la inflación en niveles cercanos al 9% al finalizar 2008. En un contexto en el que los Consejos de Salarios terminen por laudar aumentos nominales para el sector privado superiores al 7%, algo probable por cierto, el margen de maniobra para impedir que la inflación alcance los dos dígitos será muy escaso. Por tanto, en mi opinión se requieren acciones específicas de política económica para ayudar a que la transición al nuevo escenario sea lo más suave posible.

En materia de política económica la pregunta relevante es “qué es posible hacer”, no “qué debería hacerse”. Las decisiones que se pueden tomar deben asumir que la rendición de cuentas está sellada y que la probabilidad de que los ajustes salariales finalmente sancionados sean menores a los sugeridos más arriba es muy baja. Por tanto, las opciones de política verdaderamente abiertas son intentar evitar que el Parlamento establezca nuevos aumentos de gasto público antes del 30 de octubre de 2008 (plazo constitucional máximo para que lo haga), actuar desde la política monetaria de modo de trasmitir una señal contundente respecto al compromiso con la meta de inflación definida y manejar las tarifas públicas de modo de incidir sobre el nivel de precios de este año.

En teoría, si el impacto negativo externo fuera muy profundo, sobre todo a raíz de los efectos de segunda ronda derivados de las consecuencias sobre Argentina y Brasil de la crisis internacional, es posible que la economía requiriera una política expansiva y no contractiva. En cualquier caso, ello sería el año que viene y siempre debería ser función del estado de las finanzas públicas en ese momento, algo que hoy no conocemos con precisión. Por este motivo, el gobierno debería mostrarse muy firme frente a las presiones (algunas muy legítimas) de aumentos adicionales de gasto público.

En un escenario con tanta incertidumbre y con volatilidad muy pronunciada de las variables nominales, es probable que postergar acciones de política monetaria pueda ser defendida con fundamento, al menos a corto plazo. Sin embargo, dado que el desafío central es evitar que la tasa de inflación alcance los dos dígitos a fin de año, una política monetaria que no se muestre muy fuertemente comprometida con la meta de inflación en el corto plazo puede generar dos tipos de problemas. Primero, puede restringir aún más el margen de maniobra en los próximos meses debido a la escasa efectividad y al rezago con que operan los mecanismos de transmisión de la política monetaria en Uruguay. A una semana de terminar setiembre el tiempo para implementar políticas monetarias más contractivas que puedan llegar a tener efectos sobre la tasa de inflación de este año es escaso. Segundo, dado que la postergación de acciones de política monetaria incrementa el riesgo de que la inflación alcance los dos dígitos, la probabilidad de que el gobierno termine por recurrir a un manejo excesivamente discrecional de las tarifas públicas no es menor. Si bien este tipo de medidas puede ser útil para actuar sobre el nivel de precios a corto plazo, no es menos cierto que puede afectar negativamente la protección de la economía ante el choque externo por su impacto negativo sobre las cuentas públicas que tarde temprano será necesario reconocer.

Las consecuencias del nuevo escenario externo sobre Uruguay serán sin duda negativas. Si bien desconocemos todavía cuán graves y profundas serán, es imposible desconocer que Uruguay está mejor preparado para enfrentarlo que diez años atrás. Sin embargo, las decisiones que se tomen en las próximas semanas son mucho más importantes de lo que a simple vista parecen. Una subestimación de los efectos de la mayor volatilidad del tipo de cambio y de su probable nueva tendencia sobre la tasa de inflación, podrían debilitar más la estabilidad macroeconómica en 2009.

 

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