Profecías infundadas sobre el fin del capitalismo

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(Publicado en diario El Observador en edición de enero 2009.)

Los acontecimientos asociados a la crisis financiera y sus consecuencias sobre la economía global han generado incertidumbre y especulaciones de todo tipo. Así, en los últimos meses hemos asistido a celebraciones por el fin del capitalismo, a temores por la vuelta del intervencionismo estatal y a anuncios del fin de la globalización. Si bien es imposible desconocer que la crisis financiera y la recesión globales tendrán efectos significativos sobre el papel del Estado en la economía y sobre las instituciones que gobiernan la economía global, no es menos cierto que profecías como las mencionadas no parecen tener mayor fundamento.


Cuando se analizan los acontecimientos recientes desde la disciplina económica, se tiene que no hay demasiado lugar para las sorpresas ni para las conclusiones rimbombantes. Primero, dado que los mercados financieros comercializan bienes heterogéneos y que la información que poseen los agentes es esencialmente asimétrica e incompleta, existen fundados argumentos para sostener que la ausencia de una adecuada regulación podía derivar en excesos y correcciones abruptas. La falta de una regulación prudencial en Estados Unidos que comprendiera a más instrumentos financieros (los créditos subprime o los seguros contra default por ejemplo), alentó el desarrollo de una ingeniería financiera que estimuló conductas que parecían basadas en la creencia de que era posible evitar la relación inversa entre rentabilidad y riesgo. Ello sumado a una política de tipos de interés bajos desató un proceso especulativo sin precedentes. Quienes finalmente se sorprendieron, no habían prestado atención a las advertencias de economistas como Stiglitz, Krugman y Roubini sobre una posible corrección severa de los mercados financieros.
Segundo, si bien es cierto que fue la abrupta contracción del crédito que sobrevino a la crisis financiera el mecanismo de contagio de la economía real, los desbalances fiscal y externo acumulados por Estados Unidos desde comienzos de la década hacían probable la necesidad de un ajuste macroeconómico. Bastaba que se conociera una serie suficientemente larga e importante de malas noticias para que los norteamericanos tuvieran que alinear sus niveles de consumo y gasto a sus capacidades potenciales de generar riqueza. Es verdad que los acontecimientos fueron bastante más negativos de lo imaginable, pero la probabilidad de ocurrencia de un ajuste recesivo severo no era algo despreciable uno o dos años atrás. La discusión sobre si Estados Unidos tendría un soft o hard landing así lo avala.
Tercero, durante el momento más grave de la crisis en la segunda mitad de 2008 el gobierno de Estados Unidos se mostró incapaz de mantener la iniciativa que las circunstancias requerían. A la debilidad natural de cualquier administración en los últimos meses de su mandato, se sumó la falta de liderazgo del Presidente cuya credibilidad y reputación ya estaban severamente afectadas por el manejo de la intervención norteamericana en Irak.
Coincidieron así una crisis financiera asociada a carencias regulatorias, una contracción cíclica profunda derivada de la restricción crediticia y asentada en unos fundamentos macroeconómicos débiles y una incapacidad manifiesta de la política para reaccionar a tiempo de manera consistente, creíble y eficaz. Como en toda crisis, hubo motivos y una oportunidad.
En este contexto, quienes desde una visión ingenua creían que la prosperidad derivada de la globalización era una consecuencia inexorable de la extensión sin límites de las prácticas de libre mercado, hoy sostienen angustiados que la crisis conducirá al proteccionismo y a la desintegración económica del mundo. En realidad, les asiste razón en estar preocupados, aunque no por esas razones. Si bien es probable que el mundo que emerja en 2010 confiará menos en las bondades de la escasa regulación y la ausencia de controles sobre los mercados, especialmente los financieros, la economía global no se desintegrará como ocurrió en los años treinta del siglo XX. Es que a diferencia de las creencias de quienes adhieren a una visión liberal ortodoxa del funcionamiento de la economía, el vehículo de la globalización ha sido el desarrollo vertiginoso de la tecnología concebida cada vez más para aprovechar las economías de escala. Ha sido en mercados escasamente competitivos donde los desarrollos tecnológicos han sido más sofisticados y dinamizadores, precisamente porque es donde los retornos esperados de la inversión en investigación y desarrollo son mayores. Nada de esto será borrado por la crisis. Por ello, aunque bajo nuevas reglas y unas instituciones globales diferentes, el comercio de bienes y servicios, así como los movimientos de capitales y personas no sólo no desaparecerán sino que seguirán creciendo.
Del otro lado, quienes han esperado por más de un siglo la implosión del capitalismo, vuelven a cometer el mismo error que ochenta años atrás; no advierten que la principal fortaleza de las economías de mercado es su enorme flexibilidad para adaptarse a cambios profundos e inesperados. Esa flexibilidad es consecuencia del incentivo a innovar que, en el fondo, deriva de la libertad para la iniciativa individual y de las decisiones descentralizadas algo que hasta ahora, sólo las economías de mercado han logrado ofrecer.
Seguramente el mundo que emerja luego de la crisis será diferente al que conocimos en las últimas tres décadas. Sin embargo, en una perspectiva de largo plazo ni el progreso tecnológico, ni la integración económica ni el desarrollo institucional, procesos que han favorecido las mejoras del bienestar de la población mundial a lo largo de la historia, se detendrán.

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