Más allá de la crisis internacional

(Publicado en diario El Observador en edición de noviembre 2008.)

Para un país de tres millones de habitantes el mundo es vital. Esta es una historia conocida para Uruguay cuya estrechez de su mercado interno hizo fracasar tempranamente la industrialización por sustitución de importaciones a mediados de los años cincuenta, más de veinte años antes que en el resto de la región. Como si esto fuera poco, las tecnologías disponibles están concebidas para escalas de producción cada vez más grandes, de modo que las modernizaciones de las empresas uruguayas requieren acceder a mercados más grandes para absorber sus inversiones. Gracias a ello, en Uruguay ya no se discute que una integración fluida a la economía internacional favorece el crecimiento a largo plazo.


Si bien es prematuro hacer una evaluación sobre las consecuencias que la crisis financiera internacional tendrá sobre las políticas económicas a nivel global, la historia enseña que cuando las crisis devienen en depresiones económicas, las reacciones proteccionistas suelen popularizarse. Devaluaciones competitivas, incrementos de aranceles, trabas no arancelarias al comercio y, en el límite, ocupación de territorios mediante la fuerza, fueron en el pasado acciones emprendidas por los gobiernos, especialmente de los países industrializados. Las políticas de empobrecimiento del vecino que se popularizaron en los años treinta del siglo pasado son ilustrativas en ese sentido.
La baja probabilidad de que la crisis derive en una depresión económica global, las lecciones de la historia, la existencia de una densa institucionalidad internacional y regional, así como el grado de globalización alcanzado por la economía y las políticas actuales, ciertamente mayores que las prevalecientes hace un siglo, permiten descartar, al menos por ahora, un mundo que se repliegue sobre sus mercados interiores. Sin embargo, el contenido de algunos discursos de ciertos gobernantes como Sarkozy y Berlusconi, así como algunas ideas sobre política energética del candidato demócrata Obama, alertan sobre la tentación proteccionista. Incluso, planteos como los de la delegación argentina en la reciente cumbre en Río de Janeiro, muestran que la amenaza para Uruguay puede ser más cercana de lo imaginado.
Según ha sido largamente señalado en las últimas semanas, la crisis internacional tendrá consecuencias negativas para Uruguay durante 2009 y 2010. Ello se traducirá en caída de exportaciones, menor ingreso de divisas por turismo, enlentecimiento del crecimiento, aumento del desempleo y menor margen de maniobra para las políticas públicas. Sin embargo, el verdadero problema para Uruguay podría estar más allá de los efectos inmediatos si el escenario internacional emergente luego de la crisis está dominado por un auge proteccionista.
Durante los años treinta la reacción instintiva de los gobiernos de Uruguay al escenario externo negativo fue el repliegue sobre el mercado interno lo que fue acompañado por una elevada dosis de discrecionalidad en el manejo de las políticas. De ese período son los controles de cambios y del comercio exterior, así como las decisiones de extender a la energía y a los combustibles la esfera productiva del Estado. Sobre la institucionalidad y las herramientas desarrolladas en ese período se consolidó el dirigismo que promovió activamente en los años cuarenta la industrialización por sustitución de importaciones.
Si como consecuencia de la crisis financiera sobreviniera una economía internacional más volcada hacia los mercados interiores, Uruguay debería prepararse para enfrentar un escenario internacional mucho más adverso para sus intereses. Sin embargo, la estrategia debería ser exactamente la opuesta a la adoptada durante la gran depresión. Es que replegarse sobre su mercado interior, o replegarse sobre el MERCOSUR que podría ser la versión moderna de aquella respuesta, terminaría por discriminar en contra de los factores en los que el país tiene ventajas comparativas, promovería una menor eficiencia en la utilización de los factores productivos y alentaría una menor predisposición a innovar y a adoptar nuevas tecnologías. Todo ello se traduciría en una reducción de la tasa de crecimiento potencial de la economía.
En un contexto de mercados internacionales menos abiertos, la estrategia de Uruguay debería concentrarse en redoblar esfuerzos por penetrar los flancos que las eventuales restricciones al comercio terminen proponiendo. Naturalmente, ello no será tarea fácil, pero para un país con volúmenes de producción pequeños comparados con los tamaños de algunos mercados de destino de nuestras exportaciones, no es imposible. Lo anterior supone que Uruguay debería tomar medidas rápidamente para fortalecer las instituciones dedicadas a promover la inserción externa del país. Evaluar los riesgos de firmar acuerdos comerciales bilaterales con países y regiones por fuera del MERCORSUR, coordinar más y mejor las acciones promocionales y comerciales de los organismos públicos y las entidades privadas que se dedican a ello y fortalecer el rol comercial del servicio exterior, podrían ser líneas de acción sobre las que es posible actuar a muy corto plazo.

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