Los rehenes ideológicos

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Por Rafael Mantero
@rmantero

En días recientes, se ha generado un incipiente debate público sobre la posibilidad de realizar modificaciones al régimen impositivo actual de Uruguay. Dicho debate se ha precipitado a partir de los trascendidos de prensa sobre la reunión mantenida sobre fin de año entre el Presidente y Vicepresidente, jerarcas del MEF y del MIEM, OPP, y otros colaboradores cercanos del Presidente. En dicha reunión, aquellos jerarcas más alineados con el MPP plantearon la posibilidad de introducir modificaciones impositivas, tales como tasas diferenciales de IRAE, cambios a la tasa de IRAE sobre las rentas del capital, y nuevos (o mayores) impuestos sobre bienes considerados “suntuarios”. La presente columna se ocupa de discutir sobre el primero.

La propuesta de modificación de IRAE, aún cuando no existe una versión definitiva y detallada de la misma, propone en grandes líneas establecer alícuotas diferenciales de IRAE en función del monto de la renta obtenida. En particular, pretende elevar la alícuota actual de 25% a 30%, para aquellas rentas empresariales superiores a un monto determinado anual (algunos medios señalaron podría ser por ejemplo USD 250.000). Como suele suceder en estos casos, la propuesta ha despertado algunos argumentos en su contra, que conviene aquí repasar y analizar.

El primer argumento contra el aumento diferencial del IRAE, es que el mismo podría provocar una huida de inversionistas (locales y fundamentalmente extranjeros) de Uruguay. Dado que una variable clave para cualquier inversionista es la rentabilidad después de impuestos, es indudablemente cierto que, al menos en el signo, el argumento es acertado. Es decir, más impuestos sobre la renta tienden, dado todo lo demás igual, a atraer menos inversión. Sin embargo, afirmar que cualquier aumento impositivo generará una huida significativa de inversores, o similarmente, un freno drástico a las nuevas inversiones, parece cuanto menos un argumento simplista y algo apocalíptico. En todo caso, el efecto real, a priori difícil de cuantificar, dependerá del aumento de alícuota de IRAE que se implemente, y de cuántos proyectos de inversión se vuelvan “no atractivos” en el margen en relación a su costo de oportunidad.

En segundo lugar, otros sostienen que un cambio en las alícuotas de IRAE supondría un cambio a las “reglas de juego“, y por tanto supone un hecho negativo en sí mismo, que afectará las decisiones de inversión de los privados. En su acepción más simplista, este argumento parece también exagerado. Primero, porque cualquier cambio impositivo supone, por definición, una alteración de las reglas de juego, pero no por ello los sistemas tributarios de todos los países han dejado de evolucionar (o involucionar, no importa) a lo largo de la historia. Segundo, porque en sentido estricto y por simetría, una rebaja impositiva también supondría un cambio en las reglas de juego, pero son pocos los que invocarían a éstas para argumentar en su contra.

Por tanto, ambos argumentos citados son, en mi opinión, cualitativamente correctos, pero muy posiblemente, cuantitativamente sobrevalorados según la ideología o conveniencia de cada parte. El hecho de que se produzca “alguna” caída (contrafáctica) de la inversión con respecto a un escenario en donde el IRAE permanezca incambiado, o el hecho de que hayan nuevas reglas, no son en mi opinión argumentos por sí solos suficientes para establecer, en forma categórica y terminante, que la medida de política tendría un saldo neto negativo en términos del bienestar colectivo.

Existen sin embargo, razones creo yo más pertinentes para fundamentar en contra de dicha modificación del IRAE. En primer lugar, la medida supondría, como novedad, que al igual que en caso del IRPF, la renta empresarial se grava a tasas progresivas. Es importante notar que la implementación práctica de progresividad en el IRAE es bien distinta a la progresividad en IRPF. Mientras que las personas físicas no pueden “subdividirse”, las personas jurídicas sí. ¿Será sencillo para la DGI controlar que las empresas no se subdividan (por ejemplo por unidades de negocio) para que cada una de las rentas de sus “sub-empresas” no ingresen en las escalas más altas de alícuota de IRAE?

En segundo lugar, el eslogan ideológico “que pague más quien tiene más”, tiene en su aplicación efectos derivados más complejos y potencialmente negativos, cuando se trata de empresas y no de personas. En particular, la progresividad fiscal en materia de IRAE, indefectiblemente y por construcción, conspira contra la posibilidad de obtener economías de escala por parte de las empresas. En un país pequeño, de mercado interno reducido y en el cual muchas industrias ya están afectadas por bajas economías de escala, ¿es oportuno gravar en forma progresiva a las empresas más grandes? Es decir, ¿realmente queremos desestimular el tamaño de las empresas, por encima de los desestímulos naturales que ya existen?

En tercer lugar, resulta de consenso entre la enorme mayoría de analistas, que la mejor parte del ciclo económico (doméstico y regional) ha quedado por detrás. Esto implica que la competencia por inversión extranjera directa entre países, razonablemente aumentará en los próximos años. En la medida que una parte no menor de nuestro atractivo actual como lugar para invertir es transitorio y “prestado”, ¿es realmente oportuno introducir modificaciones impositivas que afectarán (al menos marginalmente) nuestro atractivo para los inversionistas?

En cuarto lugar, más allá de las magnitudes, importan las señales. Es probable que no sean las magnitudes del cambio propuesto, las que deban generar preocupaciones en los empresarios. Como argumenté, creo que los argumentos que comúnmente se manejan contra este cambio, son hasta cierto punto, alarmistas en lo cuantitativo. Sin embargo, el cambio propuesto sí posee una señal clara por parte del Gobierno: la soga se cortará por el lado más fino. Porque evidentemente, es infinitamente más sencillo modificar una alícuota, que racionalizar el gasto, mejorar la eficiencia, y todo aquello de lo que casi todos estamos de acuerdo, pero tanto cuesta implementar.

Por supuesto que el actual es un gobierno de izquierda, votado por la mayoría para que “pague más el que tiene más”. También es claro que, aún cuando el mayor problema histórico de Uruguay ha sido su bajo crecimiento (y no tanto la distribución del ingreso), mejorar las oportunidades de todos los uruguayos no puede (ni debe) dejarse librado 100% a la merced de mercados que, por diversas fallas, no tienden a generar equidad en oportunidades por sí solos. Ahora bien, ¿realmente la apuesta para promover un mayor bienestar colectivo en forma sustentable, descansa en políticas macroeconómicas efectistas de alto perfil y de encastre en eslóganes electorales? Yo creo que no. Entre tanto, las reales soluciones, complejas y trabajosas, que hacen verdaderamente a las oportunidades e incentivos de las personas, permanecerán fuera del foco de atención, mientras agoreros del apocalipsis y proponedores de atajos a la felicidad, pelean batallas ideológicas utilizando la política como rehén.

5 Comments
  • Abel Sade
    enero 22, 2013

    Me gusto la reflexión. Estaría bueno que la próxima la dedicarás a explorar y profundizar tu comentario final: ” las reales soluciones, complejas y trabajosas, que hacen verdaderamente a las oportunidades e incentivos de las personas, permanecerán fuera del foco de atención”

  • Miguel Galmés
    enero 22, 2013

    Me pareció un análisis serio y que pone el énfasis donde corresponde. Por un lado es muy efectivo el discurso fácil y demagógico a lo “Cristina” y es muy difícil cambiar culturalmente en el sentido de hacer comprender qué medidas a largo plazo nos traerán más enfermedades que remedios. Creo que vanalizar la discusión de los grandes temas nacionales (y la orientación de la política económica lo es) (y conste que reconozco que mi querido FA lo ha hecho muchas veces cuando no era gobierno) es un atentado que como dice Gieco “pisa fuerte sobre la pobre inocencia de la gente”. La historia es muy elocuente al respecto. Por ello, Gabriel, me parece que este tipo de análisis es muy bueno para todos: para los de afuera y, sobretodo, para los de adentro de la fuerza política.
    Un abrazo,
    Miguel

  • Rafael Mantero
    enero 23, 2013

    Muchas gracias Miguel. En mi modesta opinión, el día que hagamos menos foco sobre la macro, y mucho más foco sobre la microeconomía, los incentivos, y las políticas sectoriales, creo yo habremos dado un paso hacia adelante.

    Gracias por tus comentarios y saludos,

    Rafael Mantero

  • Gustavo Calvo
    enero 24, 2013

    Buen articulo , medido y efectivo en cuanto a enfocar los temas de fondo.
    Me gustaria hacer una mencion tambien a aspectos academicos que hacen a la cosa. No todo es politica, teniendo en cuenta que desde hace decadas el Uruguay se ha cuidado de mantener un perfil muy profesional de su equipo economico:.Me parece tambien que ante presuntas presiones (obviamente no nos constan a todos) de grupos mas ‘ideologizados’ los tecnicos responden con las herramientas que disponen o las que ‘idean’ o las que ‘copian’ de alguna forma. Quizas los sesgos culturales, las limitaciones academicas o quizas simplemente los ‘gustos’ del pantel profesional a cargo de nuestra economia, tengan que ver. Lo mas obvio , es lo mas dificil.. disciplina, razionalizacion del gasto y un politica de fomento d einversiones real siguen estando en el debe ….

  • Enrique Baliño
    enero 26, 2013

    Felicitaciones Rafael. Hay que insistir para que se de una discusión racional y que los dogmas no dominen la escena. El otro punto clave tiene que ver con la microeconomía ( allí donde la realidad ocurre)., me encantaría ver muchas más discusiones y sobre todo acciones!!!
    Gracias x tu aporte
    Enrique

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