La Europa del sálvese quien pueda

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Los ciudadanos de Cataluña han puesto de manifiesto que el equilibrio de convivencia que España ha tenido desde la transición democrática está herido y, probablemente, de manera grave. La movilización ciudadana que tuvo lugar hace unos días en Barcelona ha llevado al nacionalismo catalán (a cargo del actual gobierno autonómico) a considerar la posibilidad de trasponer la delicada línea que separa el reclamo de más autonomía del de independencia.

Lejos está esta columna de pretender (y poder) proponer un análisis riguroso de la variedad de aristas que encierra un tema de esta complejidad. Sin embargo, dos tipos de reflexiones pueden hacerse desde lejos. Primera, la peligrosa derivación política que encierra la posibilidad de que la crisis europea se convierta en una depresión. Segunda, algunas posibles implicancias económicas y políticas sobre Cataluña y España que la opción independentista encierra.

Riesgos políticos de una depresión europea

Como es habitual, una crisis estimula la emergencia de comportamientos insolidarios entre colectivos. La historia de Europa enseña que algunos de ellos podrían convertirse en diferendos entre regiones o entre países. Primero fueron los habitantes del norte de Europa los que se manifestaron reacios a rescatar sin imponer duras condiciones a los países del Mediterráneo. En Italia, la Liga Norte nos recuerda con frecuencia que los destinos “industriosos” de la Lombardía y el Piamonte no deberían estar atados a los menos “laboriosos” territorios del sur de la península. Ahora, son los catalanes quienes argumentan que sus contribuciones al fisco (ocho puntos porcentuales del PIB) no guardan relación con los beneficios asociados a formar parte del Estado español. La crisis podría estar agrietando los fundamentos del pacto de convivencia que los europeos occidentales construyeron a partir de la segunda posguerra.

Los análisis de estos días repiten que esta nueva realidad se explica porque la mayoría de los europeos de hoy no conocieron la Europa no comunitaria y, por tanto, no temen a un escenario continental menos cooperante. Por ejemplo, en el caso catalán se sostiene que los ciudadanos ya se atreven a defender abiertamente la posición independentista en contraste con lo que ocurría durante la transición cuando temían afectar la cohesión del bloque democrático. En otras palabras, la mayoría de los ciudadanos de la Europa de hoy no está dispuesta a pagar cualquier precio por el proyecto de la Unión. Debido a ello, si la crisis actual se convierte en una depresión como la de Japón en los años ochenta, lo que podría estar amenazado no sería el euro solamente sino también la estabilidad política europea.

Haber creado el euro supuso entre otras muchas cosas, pero sobre todo, que los europeos estaban dispuestos a usar todos los medios para garantizar la solidaridad y la cooperación entre ellos. Haber creado la Zona Euro sin una consolidación fiscal e integración de mercados plena entre sus miembros, dejaba claro que el compromiso y esfuerzo de la intervención debía redoblarse cuando las circunstancias se volvieran negativas. Ese momento llegó. Por ello, seguir magnificando el riesgo moral como argumento para el diseño de las actuaciones y continuar apostando a la austeridad como solución para los países en dificultades, puede terminar provocando situaciones políticas de las cuales será muy difícil salir sin consecuencias graves sobre la convivencia europea.

El tiempo disponible para actuar se reduce día a día. Si la inacción política de los líderes europeos lleva a España a precipitar una discusión desordenada de su nuevo pacto de convivencia, el camino del “sálvense quien pueda” estará abierto y alentará la propagación de un espíritu “antieuropeo” en Europa.

Fragmentar jurisdicciones puede alentar la ineficiencia

Desde otra perspectiva, si el movimiento independentista catalán prosperara, asistiremos a una discusión de compleja resolución acerca de cómo deberían repartirse los derechos y obligaciones del sector público actual entre las nuevas jurisdicciones emergentes. Así, deberá acordarse qué parte de la deuda pública, de los ingresos y egresos fiscales de España le corresponde asumir a Cataluña. De igual modo, los nuevos estados deberán acordar la proporción de cotizantes y pensionistas del actual sistema de seguridad social español que estará a cargo de Cataluña. La resolución de una agenda de temas como los mencionados, no hará sino distraer la atención de las autoridades españolas y catalanas de los temas urgentes y graves que por estas horas les ocupan.

Pero desde el punto de vista estrictamente económico la inconveniencia de la independencia no es solamente un tema de oportunidad. Si finalmente Cataluña se convierte en un nuevo Estado Nacional deberá desarrollar de manera independiente servicios públicos básicos como son la provisión de justicia, seguridad, defensa, seguridad social, salud y educación. Si bien la Generalitat de Cataluña provee hoy de manera parcial varios de ellos y los independentistas declaran que no aspiran desarrollar la defensa del nuevo Estado, los catalanes deberán pagar más para acceder a la misma calidad y cantidad de servicios públicos básicos que hoy tienen. En efecto, es un hecho estilizado que los países pequeños soportan una mayor presión fiscal puesto que los costos fijos implícitos en la provisión de servicios públicos son financiados por un número menor de contribuyentes. Es cierto que con siete millones de habitantes Cataluña no sería un país “pequeño” como para que las deseconomías de escala en la provisión de servicios públicos terminen siendo un escollo grave, pero no es menos cierto que ser miembros de sistemas integrados de una escala como la española, promueve ganancias de eficiencia no despreciables (sobre todo en la seguridad social).

Por tanto, al menos dos efectos económicos no deseados podrían estar asociados a la posible independencia de Cataluña. Primero, podría haber una pérdida de eficiencia global asociada a las deseconomías de escala derivadas de la fragmentación de la prestación de servicios públicos. Segundo, y aunque por más controversial no menos importante, la presión fiscal resultante sobre los contribuyentes de los dos nuevos estados sería mayor lo que provocaría una expulsión de gasto privado. Bajo cierto enfoque, esto último también reduciría la eficiencia global de las dos nuevas economías.

En las últimas horas el gobierno catalán ha reconocido que en las conversaciones que mantiene con el gobierno español prioriza la renegociación de las condiciones de contribución al financiamiento del Estado sobre la agenda soberanista. Si así fuera, la renovada presión independentista catalana podría estar ayudando a España a moverse hacia un federalismo político y fiscal al estilo alemán. Recorrer exitosamente un camino como éste requerirá de liderazgo, inteligencia y generosidad de gobernantes, instituciones y ciudadanos. Lamentablemente, la desorientación del presidente del gobierno español, la ambigüedad con la que se mueve el presidente de la Generalitat y la dureza de las condiciones que Europa sigue imponiendo sobre España, configuran un escenario ideal para que el descontento de los españoles precipite al país hacia una aventura políticamente riesgosa y económicamente inconveniente. Ojalá los líderes europeos recuperen rápido la iniciativa antes de llegar al punto de no retorno.

6 Comments
  • Mateo Barletta
    septiembre 20, 2012

    Muy buen análisis, me genera una duda. Si los catalanes quieren independizarse entre otras cosas porque consideran que pagan muchos impuestos al gobierno federal, pero el hecho de ser independientes haría que pagaran mayores sumas al nuevo gobierno independiente; más que una respuesta a la crisis sería un agravante para la comunidad autónoma. ¿El nacionalismo catalán es tán grande que prefieren ser independientes al costo de empeorar sus condiciones económicas?

    • Gabriel Oddone
      septiembre 21, 2012

      Mi respuesta a su pregunta es más bien la de un conocedor con opinión formada que la de un experto. El sentimiento nacionalista catalán ha sido históricamente fuerte y desde la apertura democrática se ha consolidado junto a los nacionalismos vasco y gallego. A nueve meses de haber asumido el gobierno del Partido Popular en España sin que se avizoren señales de salida de la crisis, no debe sorprender que el descontento social empiece a buscar soluciones políticas por fuera del sistema de partidos mayoritarios a nivel nacional. Cataluña contribuye con casi 8 puntos del PIB español a la recaudación total del fisco español mientras tiene una situación fiscal comprometida, lo que la ha obligado a pedir asistencia financiera al gobierno central. Por tanto, en Cataluña cada vez más gente piensa que si se “ahorraran” los recursos que transfieren al fisco español el gobierno catalán no tendría por qué pedir asistencia financiera a Madrid. Además, ello le daría más margen de maniobra a los gobernantes catalanes para atacar ellos directamente los problemas de Cataluña y más capacidad de presión a los ciudadanos para incidir sobre quienes tienen que decidir. En otras palabras, la independencia, reclamada desde siempre por el nacionalismo radical catalán, tiene ahora nuevos defensores: diversos colectivos de ciudadanos de Cataluña cada vez más descontentos con el gobierno español y el nacionalismo catalán moderado (en ejercicio del gobierno en Cataluña) que ve en la situación generada una oportunidad para fortalecer su posición negociadora frente a Madrid. Por eso, el gobierno español debería ponerse al frente de los acontecimientos y procurar abrir la puerta a una negociación de un nuevo pacto de convivencia, habilitando la discusión un posible federalismo fiscal y político en España. Ello descomprimiría la situación en tanto daría una señal de que al menos se va parcialmente en la dirección reclamada, al tiempo que le daría al dubitativo presidente de la Generalitat Artur Mas una carta de presentación frente su electorado. Posicionarse como lo hizo ayer el Presidente del Gobierno Mariano Rajoy negando cualquier posibilidad de conversar sobre un nuevo pacto constitucional, acorralará a los dirigentes regionales. Si así fuera, es posible que terminen cediendo a la presión independista que gana adeptos en la calle. Si ello ocurriera, la crisis económica en España devendrá en una crisis política de consecuencias difíciles de imaginar desde este lado del Océano.

  • José Rilla
    septiembre 22, 2012

    El análisis es muy interesante. También me pregunto qué incentivos habrán de tener los países centrales de Europa de la Unión para atajar los ímpetus independentistas de Cataluña. Anoche, en un debate de la TVE los voceros de Barcelona decían “nuestro mundo es la UE y el euro”, ni hablar de España. ¿A quién le interesa, en Alemania ( o en Renania), en Italia (o la Lombardía), o en Francia este discurso?
    Muchas gracias.

    • Gabriel oddone
      septiembre 25, 2012

      Estimado José
      Gracias por tu comentario. Efectivamente los apoyos concretos no abundarán en Europa para la aventura independentista catalana. De todos modos, el punto aquí es el riesgo de que Europa, al son de la crisis, se “balcanice” de una manera desordenada. Si lo que está finalmente en discusión en España es un nuevo pacto de convivencia que se traduzca en una nueva Constitución que avance sobre el federalismo fiscal y político , asistiremos a un fuerte pero interesante debate entre los populares que se opondrán y el resto del sistema político que, con matices, procurará alcanzar nuevos acuerdos. Sin embargo, el riesgo es que el nacionalismo catalán moderado bien por razones oportunistas o bien por falta de liderazgo, no sepa salir de la trampa que la radicalización nacionalista ofrece como respuesta a la crisis. Todo eso con un telón de fondo bastante oscuro sobre las perspectivas de recuperación económica, de empleo y de acceso a financiamiento del sector púbico y privado español. La austeridad que Euoropa impone a las naciones del mediterráneo no es factible de ser cumplilda bajo reglas democráticas. Mientras más demore Merkel y sus aliados en entenderlo, más riesgos habrá sobre la estabilidad política en Europa.

  • Ezequiel Rovati
    septiembre 26, 2012

    Y que pasaria en caso de independencia con la movilidad de la fuerza laboral ?? Hasta cuando se mantendria abierta la frontera catalana para los españoles ? No da para un muro…..y menos en esta epoca….seria reconocida por la CE ?….y por el resto de los paises del globo ?…..

    • Gabriel Oddone
      septiembre 27, 2012

      Gracias Ezequiel por tus comentarios.
      Esencialmente lo que el nacionalismo va insinuando con algo más de claridad conforme pasan las horas es que pretende convertir a Cataluña en un nuevo miembro, independiente de España, de la UE. Si los catalanes tuvieran éxito en su proyecto, la movilidad de personas no sería un problema, puesto que gracias al tratado de la Unión cualquier ciudadano de un país miembro de la UE puede vivir y trabajar en cualquier país miembro de la UE siempre y cuando se registre como lo haría un nacional. En otras palabras, si Cataluña se convirtiera en un miembro pleno de la UE sus ciudadanos tendrían los mismos derechos laborales en Europa (España incluida) que hoy tienen como ciudadanos españoles.

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