El retorno del activismo estatal

Nacionalización parcial del sistema financiero norteamericano. Paquetes de rescate billonarios para evitar el quiebre de instituciones financieras y defaults soberanos. Especulaciones crecientes sobre la ruptura del euro. Devaluaciones competitivas en todas las latitudes. Rebrote proteccionista global. Estatizaciones compulsivas de compañías extranjeras en América Latina. Si en 2007 se hubiera hecho un pronóstico que incluyera sólo una parte de lo anterior habría sido calificado como descabellado. Así las cosas, ¿es posible mirar el futuro de la economía global con el mismo prisma con el que lo hacíamos hace tan sólo cinco años? La respuesta es definitivamente no.

La crisis global está erosionando varios pilares (no todos) del paradigma de política económica que predominó en Occidente en las últimas tres décadas. Es que acontecimientos como los descritos, han obligado a los gobiernos a recuperar el viejo recetario del activismo económico estatal, la mayoría de él en desuso desde que la “revolución conservadora” se impusiera a comienzos de los años ochenta. Así, mientras las acciones gubernamentales se intensifican y complejizan, los mercados ceden protagonismo.

A diferencia de lo que podría pensarse, la sublevación contra el reinado del mercado está lejos de ser el resultado de un giro ideológico hacia la izquierda a nivel global. Más bien parece ser el resultado de reacciones gubernamentales ante hechos graves en un contexto en el que los electorados atribuyen a los excesos de los mercados la responsabilidad principal de la crisis. Por eso, los Estados Unidos de Bush, la España de Rajoy, la Alemania de Merkel o la Francia de Sarkozy, se confunden con la nueva Francia de Hollande o los Estados Unidos de Obama. Mientras tanto, en los países emergentes afectados por la contracción de la demanda del mundo industrializado y la debilidad relativa del dólar, el activismo monetario (cambiario) y el proteccionismo comercial son una reacción orientada a defender sus industrias, amenazadas por la producción asiática que no se puede canalizar con fluidez hacia Europa y Estados Unidos. La revalorización del papel del Estado en la asignación de recursos deriva entonces de una mayor desconfianza en los mercados y de reacciones políticas racionales (no necesariamente ideológicas) frente a un mundo financiera y comercialmente menos libre.

Si lo anterior es cierto, podría creerse que el renovado protagonismo de la política y del mayor activismo estatal para el funcionamiento de las economías es transitorio y declinará cuando los ciudadanos dejen de estar indignados, algo que ocurrirá tarde o temprano.  Sin embargo, esta mirada alienta dos tipos de riesgos para quienes continúan actuando como si Lehman, Grecia y Bankia (y el euro) no hubieran sido noticia. Primero, podrían subestimar la duración del fenómeno. Segundo, y más importante todavía, se exponen a las consecuencias de ignorar que hay buenas razones para pensar que el menú de políticas económicas que emergerá cuando la crisis quede atrás, diferirá del que ha predominado en las últimas tres décadas.

Al menos desde mediados de los años ochenta, la producción científica en economía ha estado crecientemente influenciada por investigaciones que aportan argumentos plausibles y evidencia robusta sobre los límites de los mercados como mecanismo eficiente para la asignación de recursos. Por supuesto, lo anterior no puede ser interpretado en el sentido de que existen mecanismos alternativos más eficientes o que los mercados no estén en condiciones de asignar eficientemente los recursos bajo ciertas circunstancias. Tan sólo supone que cada vez más economistas aceptan que los fallos en los que incurren los mercados requieren intervenciones diversas de modo de asegurar, por ejemplo, más y mejor información, menos prácticas anticompetitivas y menor probabilidad de comportamientos afectados por riesgo moral. En otras palabras, hay un mayor consenso acerca de que para que los mercados sean eficientes y se minimicen los riesgos sistémicos derivados de su mal funcionamiento, hace falta instituciones que regulen, supervisen, intervengan y, eventualmente bajo ciertas circunstancias, remplacen parcial y temporalmente a los mercados.

Estas ideas, que se integran como un cuerpo de pensamiento económico más o menos consistente a partir de los años ochenta, han venido influyendo de manera creciente la formación de economistas y, más recientemente, los fundamentos de la  política económica en varias regiones del mundo.  Como si fuera poco, la literatura del behavioral economics ha venido a reforzar el argumento de la racionalidad limitada de los agentes económicos, algo que apunta a la línea de flotación de los fundamentos de la teoría económica convencional. En otras palabras, no es descabellado afirmar que el pensamiento económico más aceptado reconoce hoy que, bajo ciertas circunstancias,  es necesario limitar el funcionamiento libre de algunos mercados, y ello no sólo por razones de equidad o estabilidad macroeconómica, sino también por razones de eficiencia en la asignación de recursos.

En consecuencia, desde una perspectiva más uruguaya, parece recomendable que tanto el mundo de los negocios como el de la política, terminen de asimilar que el pensamiento económico que estuvo detrás de las políticas inspiradas en el Consenso de Washington está francamente en retirada. En primer lugar porque los gobiernos de la región de manera más o menos generalizada ya despliegan políticas diferentes, aunque no necesariamente todos ellos a partir de fundamentos más sólidos que dos décadas atrás. En segundo lugar, y más importante todavía, porque una vez superada la crisis internacional es muy probable que emerja un mundo dominado por políticas económicas menos confiadas en las bondades del libre juego de los mercados. Ojalá la memoria evite el retorno del activismo estatal asfixiante para la innovación, propenso a la captura de acciones de búsqueda de rentas y excesivamente discrecional y expuesto al lobby privado. El tiempo nos dará la oportunidad de saber cuánto aprendimos del nuestro pasado.

No hay comentarios aún.

Publicar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *