El declive: una mirada a la economía de Uruguay del siglo XX

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(Librería Linardi y Risso; Montevideo 2010)

Primero

Este libro reúne evidencia que respalda que la historia económica de Uruguay durante el siglo XX está caracterizada por un prolongado declive. La combinación de extensos períodos de tiempo en los que el crecimiento resulta comparativamente pobre con otros en que las fluctuaciones cíclicas se muestran extraordinariamente profundas en términos comparados, son rasgos distintivos del declive. Como consecuencia de lo anterior, al cabo de cien años el ingreso por habitante de Uruguay “no convergió” con el de un grupo de países con el cual se podía presumir que lo hiciera cuando se analiza información para la primera década del siglo XX. Debido a ello, los uruguayos son relativamente más pobres que lo que lo eran sus antepasados hace un siglo.

El empobrecimiento relativo de Uruguay (y probablemente el de Argentina) es un fenómeno del que no se conoce, por lo menos en su magnitud y duración, una experiencia similar en la historia económica mundial del siglo XX. Si bien la tasa de crecimiento de la mayoría de los países de América Latina se desaceleran en forma pronunciada a partir de la segunda mitad de los años setenta, en Uruguay el declive comienza cuando menos veinte años antes. Ello supone que el país permaneció al margen del crecimiento acelerado de la economía internacional registrado durante la segunda mitad de los años cincuenta y los años sesenta.

Segundo

Proponer algunas hipótesis que ayuden a explicar el declive fue un segundo objetivo del libro. La argumentación ensayada descansa en que a una inserción externa extraordinariamente frágil se agregaron unas instituciones débiles y unas políticas inadecuadas que impidieron una apropiación fluida de las mejoras de productividad que se producían en otras zonas del mundo y que la innovación doméstica tuviera lugar. Ello habría tenido lugar especialmente en la segunda mitad del siglo XX. Precisamente, debido a lo anterior la intensidad en la utilización de los factores y su productividad, la productividad total de los factores, no sólo no alentó el crecimiento económico en Uruguay sino que lo afectó negativamente.

La fragilidad de la inserción externa es el resultado de factores que son difíciles de controlar para un país de las dimensiones de Uruguay. Primero, porque los mercados internacionales en los que Uruguay tiene ventajas comparativas son extraordinariamente volátiles. Ello deriva de la escasa diferenciación que es posible alcanzar en ellos en términos relativos. Segundo, porque los escasos volúmenes de producción de Uruguay debilitan su capacidad de negociación en términos de precios y acceso a los mercados. Tercero, porque los mercados de los productos en los que Uruguay se especializó tempranamente, han estado crecientemente protegidos desde la segunda posguerra, especialmente desde la década del setenta. Cuarto, porque si bien las estrategias de integración comercial desplegadas desde mediados de los años setenta permitieron diversificar el perfil exportador del país, ataron su suerte a unos mercados propensos a experimentar fluctuaciones macroeconómicas profundas. Debido a ello, uno de los rasgos salientes del perfil de crecimiento de Uruguay, su extraordinaria volatilidad, se acentuó.

Ahora bien, si la fragilidad de la inserción externa lo explicara todo, cabría hacer dos comentarios. Primero, cómo es posible que países de dimensión similar y con unas ventajas comparativas no sustancialmente diferentes a las de Uruguay, Nueva Zelanda por ejemplo, no registren un desempeño económico mediocre y volátil. Segundo, y más importante todavía, si la “culpa” del declive estuviera exclusivamente en la falta de oportunidades que la economía internacional emergente de la segunda posguerra brindó para el crecimiento de un país como Uruguay, qué pueden hacer sus habitantes si no emigrar. Esto es, la evidencia empírica disponible y el más elemental sentido de supervivencia nacional impiden descartar otros argumentos que ayuden a explicar el declive y que permitan pensar cómo revertirlo.

Tercero

Este libro argumenta que los habitantes de Uruguay son en buena medida responsables del declive y que, en consecuencia, es posible actuar sobre él. La tesis que se defiende sostiene que, a partir de algún momento de la segunda posguerra las instituciones y las políticas no fueron capaces de crear un clima favorable para que el crecimiento y el desarrollo tuvieran lugar. Ello ocurrió a pesar de que durante la segunda mitad del siglo XX las orientaciones de las políticas fueron sustancialmente diferentes. Hasta la década del sesenta bajo el dirigismo, porque la rentabilidad de los negocios dependía críticamente de factores estrictamente extraeconómicos, alentando el desvío de recursos y talentos hacia actividades de búsqueda de rentas. Luego, bajo una orientación más liberal de las políticas, unas instituciones débiles, caracterizadas por regímenes macroeconómicos ineficaces y mercados incompletos cuando no inexistentes, se mostraron incapaces de gestionar los efectos de los choques externos contribuyendo incluso a su amplificación. Ello, sumado a un contexto externo más volátil al que prevaleció en la inmediata posguerra, dio lugar a unas fluctuaciones macroeconómicas muy pronunciadas alentando una mayor incertidumbre que condujo a los inversores a reducir el plazo de sus decisiones y a exigir rentabilidades extraordinariamente elevadas para sus negocios. Durante el nuevo escenario emergente a mediados de los setenta, si bien el crecimiento tuvo lugar, crisis pronunciadas revirtieron los logros de los años de auge. El declive cambió de estilo pero no desapareció.

Lo anterior no supone desconocer el importante papel que los recursos naturales, la integración al comercio internacional y la demanda exterior han tenido en el desenvolvimiento económico de Uruguay durante la segunda mitad del siglo XX. Más bien pretende afirmar que las oportunidades y amenazas que la “geografía” y la “integración” al mundo le abrían a Uruguay antes de la gran depresión, desaparecieron definitivamente luego de la segunda posguerra y que estos cambios fueron enfrentados con instituciones inadecuadas y, sobre todo, con decisiones desacertadas. A pesar de que las orientaciones de las políticas fueron opuestas, y sus objetivos e instrumentos muy diversos, los entornos institucionales derivados de ellas generaron ambientes poco propicios para el ahorro, la inversión y la adopción de innovaciones, lo que se tradujo en un desempeño económico mediocre y volátil que ayudó a consolidar el declive de Uruguay.

Según la evidencia expuesta en el libro y, a pesar de las limitaciones señaladas de la resolución empírica empleada en el trabajo que le dio origen, existen indicios de que factores institucionales y de naturaleza política habrían contribuido a explicar el pobre crecimiento del PIB y su elevada volatilidad cíclica entre 1920 y 2001. Estos factores son el debilitamiento del poder político de los gobiernos, el aumento la fraccionalización del sistema político, la elevada discrecionalidad en el manejo de la política monetaria y la existencia de ciclos políticos de tipo oportunista en el resultado fiscal y la tasa de inflación.

Cuarto

Un aspecto que debería ser objeto de futuras investigaciones es el papel de la inversión en educación y en investigación y desarrollo (I+D) en el crecimiento de Uruguay. La teoría económica enseña que la inversión en educación e I+D favorece el crecimiento puesto que la primera facilita la acumulación de capital humano y la segunda estimula el progreso tecnológico.

Tal y como fue medida en este trabajo, la acumulación de capital humano es el único factor que contribuye positivamente a explicar el crecimiento en la segunda mitad del siglo XX. Sin embargo, no existe evidencia que avale la “convergencia” de Uruguay en términos de capital humano. Si el único factor que contribuyó a explicar positivamente el crecimiento durante los últimos cincuenta años no “converge” y, su expansión resulta comparativamente pobre, no resulta extraño que el declive haya tenido lugar.

A largo plazo, una escasa inversión en educación no permite que la acumulación de capital humano sea significativa ni que los procesos de innovación y desarrollo tecnológico tengan lugar. De este modo la productividad de los factores tampoco puede crecer a una tasa razonable. Una más que reducida inversión en educación superior no puede dar lugar a una elite de calidad suficiente como para tomar “decisiones adecuadas”. En este contexto, la probabilidad de que las políticas públicas desarrolladas y las instituciones económicas creadas ayuden al crecimiento debería ser baja. Lo anterior se ve reforzado por la escasa inversión en I+D que el país realiza. Un estudio relativamente reciente muestra que aún cuando se corrige la inversión en I+D por el tamaño de la población y la dimensión de la economía, ésta resultaba comparativamente baja en términos comparados (Bértola, et al., 2004).
Debido a lo anterior, responder preguntas como qué papel se puede atribuir a la escasa inversión en educación y en I+D en el pobre desempeño de Uruguay en el largo plazo, deberían formar parte de la agenda de futuras investigaciones que se propongan explicar mejor qué le pasó a Uruguay durante el siglo XX.

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