Debates desenfocados sobre la inserción internacional

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La fragilidad de la economía internacional, las reacciones proteccionistas a nivel global, pero especialmente de nuestros socios del MERCOSUR, así como el a esta altura inescrutable proceso político argentino, obligan a las autoridades uruguayas a moverse rápido y con inteligencia en relación a la agenda de la inserción internacional del país.

Lamentablemente, el debate local sobre este tema está plagado de imprecisiones y preconceptos. Ello conduce a confundir fines con instrumentos y a proponer falsos dilemas. A la clásica discusión sobre si la apertura de la economía debe ser al mundo o a la región se sumó hace un tiempo la controversia acerca de la conveniencia de seguir integrados plenamente al MERCOSUR. Más recientemente ha cobrado notoriedad la polémica sobre si la dosis de firmeza que Uruguay emplea en sus negociaciones bilaterales con Argentina es la adecuada. Esta forma maniquea de abordar este complejo tema no sólo alienta discusiones inútiles basadas en creencias antes que en convicciones fundadas, sino que impide una evaluación rigurosa de las opciones que efectivamente están abiertas para Uruguay en materia de inserción internacional. Como es evidente, ello no contribuye a fortalecer la posición negociadora del país.

Para superar problemas como los mencionados, lo primero que la discusión debería evitar es proponer opciones excluyentes cuando no está claro que lo sean. Vayamos por partes. Debido al reducido tamaño de Uruguay, su estrategia comercial debe combinar la explotación adecuada de las ventajas comparativas, derivadas de su dotación extraordinaria de recursos naturales, con la celebración de acuerdos que permitan estimular un patrón de especialización basado en el desarrollo de economías de escala. La integración económica con la región iniciada hace cuatro décadas, le permitió a Uruguay aprender y desarrollar escalas de producción en actividades para las cuales no había oportunidades en terceros mercados. Las exportaciones de productos químicos y farmacéuticos, de pinturas y autopartes, especialmente hacia Argentina, son algunos de los ejemplos de la creación de comercio derivada de los acuerdos comerciales regionales. En consecuencia, es necesario reconocer de una vez por todas que la integración económica con la región ha sido un camino complementario, no excluyente, de la apertura de Uruguay a la economía internacional.

A esta altura, es imposible desconocer que las acciones de los socios grandes del MERCOSUR están crecientemente dominadas por las agendas domésticas, siendo muy probable que ello siga siendo así por un período prolongado. También es evidente que los gobernantes de los países del bloque le han venido confiriendo al proceso de integración un carácter cada vez más político, desplazando el objetivo comercial original a un segundo plano. A raíz de ello, se registran retrocesos muy importantes en la Unión Aduanera imperfecta (y en la Zona de Libre Comercio también) que el MERCOSUR había logrado desarrollar de manera incipiente. Para un pequeño país en el que la región es un instrumento para diversificar su menú exportador, el escenario descrito es francamente negativo.

Es en este contexto que emerge la discusión de permanecer o abandonar el MERCOSUR. Si estuvieran disponibles mercados alternativos para un número suficientemente grande de productos que hoy se colocan en Argentina y Brasil bajo reglas MERCOSUR o, si se pudiera presumir de manera fundada que por permanecer en el bloque Uruguay pierde oportunidades en terceros mercados, la opción de retiro del bloque debería ser evaluada con seriedad. Sin embargo, al menos por ahora no hay ningún indicio de que algo así esté ocurriendo. La posición opuesta, considerar la adhesión al MERCOSUR como un objetivo en sí mismo, también es inconveniente para los objetivos de Uruguay. Ello no sólo porque resta margen negociador mientras formemos parte del acuerdo, sino porque impide considerar y evaluar alternativas que pueden terminar siendo imprescindibles si el descalabro del bloque se acentúa.

Dado que por ahora no se conoce oportunidad alguna para que Uruguay se integre a terceros mercados, lo lógico no parece irse del MERCOSUR para luego evaluar qué hacer. Más bien, lo lógico es que el país adopte medidas para fortalecer los dos puntos que siguen siendo centrales para su estrategia comercial: explotar al máximo sus ventajas comparativas y favorecer un patrón de especialización que permita, al menos para ciertas actividades, desarrollar economías de escala. Por eso, romper con el MERCOSUR no es necesario, aunque tampoco es razonable que el país deba estar dispuesto a pagar cualquier precio con tal de seguir siendo aceptado por el bloque. En otras palabras, el MERCOSUR es un instrumento no un fin para Uruguay. Ex ante, romper de manera unilateral con el bloque no se justifica, aunque es posible que acciones desplegadas por el país para relacionarse de modo más intenso con el mundo terminen por obligar a cambiar nuestro estatus dentro del acuerdo. En consecuencia, debatir sobre adherir o romper con el MERCOSUR no contribuye a definir el rumbo en materia de inserción externa. Uruguay debe concentrarse en definir sus prioridades prescindiendo de esta discusión, aunque evaluando con precisión las consecuencias de las acciones unilaterales que se deben empezar a tomar.

Un capítulo más complejo es el de la relación con Argentina. A esta altura de los acontecimientos será imposible resolver algunos de los temas de la agenda bilateral evitando un deterioro de las relaciones entre ambos países. Argentina es un país cuya agenda internacional siempre está muy influenciada por el conflicto político doméstico, que no siempre cumple sus obligaciones internacionales y que tiene un sistema político y una institucionalidad pública inestable. Todo ello hace difícil cerrar acuerdos duraderos que no estén sujetos a controversias recurrentes. Debido a ello, la historia de la relación entre Argentina y Uruguay es menos fraterna y estable de lo que el pasado reciente nos hace creer. Como si fuera poco, el actual gobierno argentino enfrenta un escenario económico de dificultades que ha sido atacado con dosis crecientes de discrecionalidad. Ello ha contribuido a fragmentar y complejizar hasta límites insospechados la agenda bilateral. En este contexto, Uruguay debería delinear una política que considere recurrir a hechos consumados, algo que inevitablemente se traducirá en una mayor tensión en la relación bilateral. Algunas de estas acciones deberán ser emprendidas a como dé lugar, mientras que otras podrán ser objeto de negociación. En un camino como éste, ex ante la otra parte no debe poder distinguir unos de otros. Reducir la dependencia energética, asegurar la navegabilidad de los ríos dando más y mejor acceso a los puertos fluviales y garantizar la conectividad aérea del país, son tres capítulos clave sobre los cuales Uruguay deberá definir acciones en el marco de una estrategia general. Una vez más, debatir acerca de cuán sumisa o desafiante debe ser la posición de Uruguay frente Argentina es irrelevante. Lo que importa es definir cuáles son aquéllas acciones que es vital desplegar para evitar perder oportunidades y realizarlas en el marco del respeto a la legalidad internacional procurando minimizar daños. Las lecciones aprendidas de la instalación de la primera planta de celulosa en Uruguay pueden ser muy ilustrativas en este punto.

Uruguay tiene una oportunidad de consolidar la aceleración del crecimiento que los datos de los últimos años insinúan. Sin embargo, siendo un país de tamaño insuficiente para desarrollar por sí sólo un patrón de especialización comercial basado en el desarrollo de economías de escala, deberá seguir explotando al máximo sus ventajas comparativas y definir una nueva forma de relacionamiento con la región. Las actividades logísticas a nivel regional son las candidatas a liderar el desarrollo de las economías escala. Ello debería ayudar a compensar las dificultades crecientes que las actividades manufactureras enfrentarán por las restricciones al comercio que Argentina procurará consolidar. Moverse en la dirección propuesta exige distinguir con mayor claridad objetivos de instrumentos, apostar a desarrollar una infraestructura capaz de soportar una escala de negocios regional y fortalecer las capacidades negociadoras del país. Los primeros resultados de decisiones en este campo se verán en no menos de cinco años. Por eso es vital reenfocar el debate, precisar el rumbo y acelerar el paso.

2 Comments
  • Jorge AMORIN
    agosto 7, 2012

    Estimado economista ODDONE, soy un continuo seguidor de sus articulos y he leido el que atecede.- Debo decirle antes que nada que FUI, SOY, Y SERE ANTIMERCOSUR y pienso que aunque suframos (no se cuento) debemos de irnos del MERCOSUR. porque conociendo Argentina y a Brasil a travez de la historia NO PODEMOS ESPERARA NADA DE ELLOS.- Tal vez fue una linda idea filosofica, PERO NADA MAS y no una buena idea economica- Le pregunto yo hoy, ¿que posibilidades ve Ud. de que los otros pasis como ser Chile Colombia, Perú, Mexico no intenten ampararnos y hacer algo en conjunto? , no se olvide que a Argentina NO LA QUIERE NADIE, se lo dice alguien que trabaja en represetanción de altas tenologia medicas para para varios paises amercianos

    • Gabriel Oddone
      agosto 8, 2012

      En materia de comercio internacional la palabra “amparo” no existe. En materia comercial, los países se mueven en función de sus intereses económicos. Por tanto, si alguno de los países que usted menciona encontrara algún interés comercial para desarrollar acuerdos con Uruguay, no hay duda que lo buscarían. Según la información que dispongo, no existe ningún interés de país alguno en avanzar en acuerdos comerciales concretos capaces de sustituir la magnitud de los flujos comerciales que el MERCOSUR le abre a Uruguay. El tamaño de la economía uruguaya y lo atractivo que son las economías grandes del MERCOSUR hacen poco probable que algún país pueda abrirnos alguna puerta para reemplazar al MERCOSUR. Uruguay está sólo en esto. Absolutamente sólo. Mientras antes cobremos conciencia de ello, menos tiempo perderemos. Por eso, lo que nos queda es pensar bien de qué manera jugamos las cartas que tenemos. Lamentablemente son muy pocas.

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