Argentina 2008: los límites del modelo

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(Publicado en diario El Observador en edición de mayo 2008.) 

Durante los años noventa, la influencia de una vertiente del pensamiento ortodoxo fue determinante en el diseño de las políticas económicas. La idea de que la inflación se ubica a veces en niveles inconvenientemente elevados debido a que los gobernantes tienen incentivos para simular prosperidades artificiales con fines electorales o con el propósito de reducir el desempleo por debajo de lo “posible”, estuvo detrás de muchos diseños de políticas. Así, las reglas que restringían la discreción de los gobernantes se hicieron frecuentes, siendo la convertibilidad en Argentina probablemente la versión más radical de esta visión. Como se recordará, durante su vigencia los gobernantes electos tenían limitada la capacidad para emitir moneda, algo que, al menos en la primera etapa, contribuyó a fortalecer la credibilidad de la política económica, gravemente afectada por la hiperinflación de 1990.

El uso de reglas en materia de política es un instrumento adecuado cuando es necesario ganar reputación o cuando se requiere acotar los márgenes de maniobra de gobiernos que tienen dificultades para estabilizar la economía. Por su naturaleza las reglas restan flexibilidad a la política económica, algo que se suele echar de menos cuando las economías enfrentan choques imprevistos como por ejemplo, desastres naturales o escenarios externos muy adversos. La extensión innecesaria de la vigencia de las reglas sobre el tipo cambio exacerbaron la magnitud de los ajustes macroeconómicos en el sudeste de Asia y en América del Sur durante la crisis de finales de los noventa.

Como suele ocurrir cuando las crisis económicas son profundas, el menú de políticas que emerge luego de que son superadas presenta diferencias sustanciales. En Argentina, una vez que fueron dejadas atrás las emergencias dramáticas de 2002, Lavagna diseñó una estrategia asentada en tres pilares: disciplina fiscal y recuperación del poder de recaudación del gobierno central, institucionalización de la “solución” de la deuda pública y mantenimiento de un peso subvaluado. Tanto en su versión original, como en sus sucesivas modificaciones, la estrategia le encomendó a la acción “política” un papel destacado.  A diferencia de lo que ocurría hace una década cuando las políticas se obsesionaban por servir a los mercados (muchas veces inexistentes), los gobernantes argentinos recuperaron un rol clave en la asignación de recursos. Para ello fueron recurriendo a impuestos y transferencias, controles al ingreso de capitales, prohibiciones de exportaciones, congelamientos de tarifas, negociaciones de precios, fijaciones de precios, manipulaciones de índice de precios al consumo y, más recientemente, fijaciones de márgenes de ganancia de actividades.

Es indiscutible que, si no se tiene en cuenta la inflación,  los resultados económicos agregados de la estrategia vigente en Argentina han sido, al menos hasta ahora, satisfactorios.  El crecimiento de la economía de los últimos cinco años  supera en promedio el 8,5%, la tasa de inversión es mayor a los niveles de los años buenos de la convertibilidad, la tasa de desempleo está por debajo de los registros de los últimos diez años, las exportaciones duplican en valor los mejores años de los noventa, los resultados fiscales son los mejores de los últimos cuarenta años y las reservas internacionales en poder del Banco Central representan un 20% del PIB.

En este contexto, cuál es la razón por la que en las últimas semanas se están produciendo pérdidas de depósitos del sistema bancario y se está acelerando la depreciación del peso argentino. Ello sobre todo si se tiene en cuenta que más allá de la vulnerabilidad del modelo a una repentina caída de los precios de los commodities, no se han producido alteraciones en los fundamentos que hagan que Argentina esté más amenazada hoy que hace seis meses.

Es probable que la respuesta para el cambio de humor de los argentinos deba buscarse en la confianza. En efecto, cuando en una economía de mercado las acciones de los gobernantes se hacen cargo de casi todo, su credibilidad y autoridad de mando se vuelven clave. Por ello, cualquier indicio de que su fortaleza y liderazgo esté en discusión, cualquier duda respecto a que la información que brindan pueda estar manipulada, afecta gravemente las expectativas de los agentes económicos. En una economía de mercado muy inestable, que es lo que finalmente sigue siendo Argentina, un deterioro de las expectativas termina por influir en las decisiones y acciones de los agentes, algo que no puede corregirse sólo con acciones “políticas”.

Abusar de reglas de política económica para evitar que los gobernantes electos democráticamente puedan tomar decisiones simplemente porque se desconfía de sus acciones puede, como ocurrió, terminar muy mal. Es que los efectos sobre el empleo y los ingresos de las personas que un ajuste real como el que requería el mantenimiento de la convertibilidad en 2001, no son tolerables para sociedades democráticas donde rige el voto universal y la sociedad civil está organizada. Contrariamente, aplicar políticas que violen las reglas más elementales de la disciplina económica porque se persiguen objetivos socialmente justos o políticamente correctos, puede también terminar muy mal. Es que en las economías de mercado la credibilidad de las políticas y la reputación de las instituciones económicas son vitales. En su ausencia todo depende del poder político y este, por suerte, es efímero.

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